domingo, 29 de abril de 2012

Antiguas depresiones

He estado rebuscando entre mis archivos a la caza de algún buen texto escrito por mí y he encontrado algo que escribí en una de mis depresiones de adolescente. La verdad es que no recuerdo muy bien qué me ocurrió para sentirme así pero sé que estuve realmente mal durante unos días. Las hormonas, supongo.



Sentir que sucumbes, que la corriente te arrastra. Ser consciente de que por mucho esfuerzo que hagas, por mucha resistencia que opongas, ese resultado es inevitable. Un resultado que no se percibe desconocido o ajeno. Un incidente con desenlace devastador e irremediable. Una ola de proporciones descomunales aproximándose lentamente a la orilla, cuyas secuelas son bien conocidas, al igual que su origen, pero no por ello abate con menor ferocidad. Y sin embargo, a pesar del dolor, de la angustia, a pesar de saber que nada retornará a su estado original de equilibrio y que el porvenir depara una larga época de caos; un fulgor que se antepone al desconcierto, ligero pero constante, hallado exclusivamente en la soledad, en ese aislamiento parsimonioso que únicamente el éxtasis de la impotencia ante un desastre es capaz de crear. La calma antes de la tormenta.