sábado, 22 de junio de 2013

Fin.

Todo acaba. Y sin avisar. Tantas horas de desasosiego, de agobio, de insomnio. Todo aquello tan terrible que, hace no mucho, apenas lograba vislumbrar en el horizonte de mi propio sino y no podía (o no quería) llegar a creer, ahora no es más que un recuerdo incómodo y desabrido. Un recuerdo insulso que, a pesar de constar de todo lujo de detalles, se nota falto de emoción, insensible. Como si todo lo anterior a la separación nunca hubiera ocurrido. O nunca hubiera terminado.
Y es irónico el recordar, no sin cierto esfuerzo, cómo todo aquello que ahora resulta angustioso de pensar, o quizás empalagoso, fue una vez la cumbre de la satisfacción y la dicha.
Es curioso, cómo pueden un par de palabras, que llegaron a serlo todo, no significar nada.

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